builderall

Recuerdo claramente el momento en que me enteré de que iba a ser papá por primera vez. Fue una mezcla de emoción, nerviosismo y una sensación de incredulidad que me acompañó durante meses. Uno puede leer todos los libros, escuchar consejos de amigos o familiares, y hasta ver documentales sobre crianza, pero nada te prepara realmente para esa noticia: ?Vas a ser papá?.


En ese instante, mi vida dio un giro. Hasta entonces mi mundo giraba alrededor del trabajo, mis proyectos, mis sueños personales. Pero con la llegada de ese pequeño ser, de pronto todo tomó otra dimensión. La responsabilidad se sentía inmensa: ya no se trataba solo de mí, sino de alguien que dependería de nosotros, de mí y de Loretta, para absolutamente todo.


Los miedos del papá primerizo


El primer miedo que tuve fue muy básico: ¿seré capaz? Esa pregunta rondaba mi mente cada día. Veía a padres experimentados que parecían manejarlo todo con naturalidad y pensaba: ?¿Cuándo voy a aprender a estar a la altura??.


El miedo a no saber cargarlo bien, a no reconocer un llanto de hambre frente a un llanto de sueño, a no poder protegerlo de cada peligro que existe ahí afuera? se volvió un pensamiento recurrente. Y lo confieso: pasé varias noches despierto antes incluso de que naciera, imaginando cómo sería nuestra vida y preguntándome si realmente estaba listo para ese rol.


También estaba el temor económico. Tener un hijo no solo implica amor y cuidado, también implica prever educación, salud, alimentación, ropa y, sobre todo, productos que sean seguros y de calidad. Ese pensamiento me empujó a tomar decisiones mucho más responsables y estratégicas en mi vida profesional.


Los aprendizajes inesperados


Con el paso del tiempo, descubrí que los miedos se transforman en aprendizajes. El primero y más grande fue la paciencia. Nada ocurre en los tiempos que uno quiere, y mucho menos con un recién nacido. El llanto no tiene horario, las madrugadas se vuelven normales y la planificación diaria siempre queda a merced de lo que tu bebé necesite.


Aprendí también que no se trata de ser perfecto, sino de estar presente. Al comienzo me angustiaba cada vez que no sabía qué hacer, hasta que entendí que mi presencia era más importante que tener todas las respuestas. Los bebés no juzgan, sienten. Y sentir a su papá cerca les da tranquilidad, incluso si ese papá aún no entiende del todo cómo calmar cada llanto.


Otro aprendizaje valioso fue la empatía hacia mi esposa. La maternidad es un reto inmenso y verla atravesar ese proceso me enseñó a valorar cada esfuerzo y a reconocer que esto es, ante todo, un trabajo en equipo. Si uno de los dos se siente solo, el camino se hace cuesta arriba.


Cómo cambió mi forma de ver la vida


Ser papá me obligó a redefinir mis prioridades. Lo que antes parecía urgente en mi agenda laboral de pronto quedó en segundo plano cuando tenía frente a mí a un bebé que necesitaba cuidado. Aprendí a decir que no a reuniones innecesarias, a valorar el tiempo en casa y a descubrir que el verdadero éxito no estaba únicamente en los logros empresariales, sino en esos momentos íntimos e irrepetibles de familia.


De repente, todo lo que hacía tenía una nueva motivación: construir un futuro mejor para mi hijo. Cada decisión laboral, cada proyecto, llevaba detrás una pregunta: ?¿Cómo impacta esto en mi familia??. Ese filtro me ayudó a encontrar un equilibrio que, aunque difícil de mantener, me dio claridad en medio del caos.


Una mirada hacia adelante


Con el tiempo entendí que ser papá no es una carrera por hacerlo todo perfecto, sino un viaje de aprendizaje constante. La llegada de mi primer hijo no solo me convirtió en padre, también me transformó como persona y como profesional. Me hizo más sensible, más consciente y, sobre todo, más humano.


Hoy, al mirar atrás, sonrío al recordar esos miedos que parecían tan grandes y que poco a poco se transformaron en experiencias enriquecedoras. La paternidad no viene con manual, pero sí con la oportunidad de reinventarse cada día.


Si hay algo que quisiera transmitir a quienes leen estas líneas y se preparan para ser padres por primera vez, es esto: confía en ti, confía en tu pareja y confía en el proceso. No se trata de tener todas las respuestas, sino de estar ahí, presentes, con amor y compromiso. Lo demás se aprende en el camino.


Ese primer hijo me enseñó que la vida puede cambiar de rumbo de un día para otro, y que lo más valioso que podemos dar no es dinero ni regalos, sino tiempo, amor y seguridad. Desde entonces, cada paso que doy lleva impregnado ese aprendizaje: la certeza de que, más allá de todo lo que logre en el mundo empresarial, mi rol más importante siempre será el de papá.